Posteado por: franciscopastor | agosto 23, 2016

Pregón de la Virgen de la Peña de Mijas

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¡Oh, Emperatriz de la Gloria, Reina de Mijas,

Madre de Misericordia, auxilio del pueblo cristiano,

refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios!

¡Qué pregón tan glorioso para ti, María!

Porque has sido elevada por encima de los ángeles

y con Cristo triunfas para siempre.

¡Santísima Madre de Dios! Aquí me presento delante de Vos

para tributaros mis pobres obsequios.

Soberana Reina de los Ángeles, María Santísima de la Peña,

Madre de Dios y Señora nuestra,

refugio y amparo de todos los pecadores:

Nosotros, vuestros humildes esclavos, postrados a vuestros pies,

con el más profundo respeto nos acogemos

al sagrado refugio de vuestra protección soberana

y os pedimos nos recibáis por vuestros hijos

y nos agreguéis al número de vuestros humildes siervos.

Reverendo señor cura párroco, excelentísimo señor alcalde, excelentísimas autoridades, representantes de las distintas cofradías y hermandades, hermano mayor y miembros de la junta de gobierno de la Hermandad Parroquial de Nuestra Señora de la Peña, patrona y alcaldesa perpetua de Mijas; mijeños, hermanos todos en Cristo:

No creo exagerar si afirmo que esta tarde, ante todos ustedes, en este precioso paseo del Compás, atalaya bendecida por Dios sobre el Mediterráneo, me encuentro ante el desafío más grande desde que soy hermano de la Virgen de la Peña. O lo que es lo mismo: al reto más grande desde que nací. Porque, para la gran mayoría de los niños mijeños, nacer es sinónimo de colgarse la medalla de esta Hermandad y ponerse bajo el manto protector de nuestra patrona.

Fue un viernes, víspera de la Virgen del Carmen. Estaba en el trabajo. Por esos días vivía pegado al teléfono las 24 horas. Mi hijo Carlos estaba a punto de llegar y esperaba que mi mujer me pudiera llamar en cualquier momento. Por eso, vi el mensaje que me envió D. Francisco casi en tiempo real: “Tengo una propuesta bonita para ti. Llámame cuando puedas”. No creo que tardara más de un minuto en devolverle la llamada y reconozco que en ese tiempo fueron muchas las cosas que se me pasaron por la cabeza, aunque ninguna como la que escuché sólo un instante más tarde: ¿Quieres ser pregonero de la Virgen de la Peña? ¿Pregonero? ¡Claro que sí! Le dije, fruto más de la inconsciencia que de la reflexión.

Inmediatamente estallaron en mi cabeza mil y una ideas que apenas me dejaron dormir los primeros días; y los segundos, tampoco, ordenándolas y escribiéndolas. Y en medio de todo eso -lo reconozco-, más de un bajón. ¿Cómo he podido irme tan de ligero? ¿Cómo no me lo he pensado mejor? ¿Es que me he vuelto loco? ¿Qué le digo yo a la gente de mi pueblo de la Virgen de la Peña?

Aunque espero no perderle nunca el respeto, admito que no le tengo especial miedo al folio en blanco. Escribir fue mi vocación desde bien pequeño y, gracias a Dios, con ello me gano la vida. Noticias, reportajes, notas de prensa, discursos… Prácticamente me paso el día escribiendo. Ante cada nuevo reto hay que pararse y pensar qué es lo que se quiere decir exactamente. Las letras van uniéndose entonces para formar palabras y estas palabras, a su vez, frases, mensajes, informaciones. Y todo ello hay que intentar decirlo de la forma más clara y concisa posible.

Lo de hoy, sin embargo, es más difícil: hablar de la Virgen de la Peña. La misión sería casi imposible si no contara con su ayuda. ¿Qué le digo yo a esa mijeña que todas las tardes viene a este santuario y se pone ante la Virgen para contarle que su hijo está en paro y que lo está pasando mal y que a ver si le echa una mano? ¿Qué le digo yo a ese otro vecino que hacía tiempo que no se pasaba a ver a la Virgen pero que ahora la tiene todos los días en su boca para pedirle que le ayude con ese problema que se ha presentado en su casa? ¡Ay, Madre mía de la Peña!

María es mi madre. Y hablar de una madre siempre es difícil. Y, desde luego, nada objetivo. Ya he dicho en alguna ocasión que soy mariano porque soy cristiano y soy cristiano porque soy mariano. Creo, de hecho, que soy mariano congénito. La Virgen me ha acompañado en todos los momentos importantes de la vida. Fui bautizado en nuestra cinco veces centenaria parroquia de Mijas, ante la imagen de la Inmaculada. La Virgen del Carmen fue testigo de la primera vez que me encontré con su Hijo Sacramentado. Por mis venas corre sangre cofrade, siempre devoto de Nuestra Señora de la Soledad. Pregonero de la Virgen del Rosario Coronada, vecino durante muchos años de Nuestra Madre de la Victoria, patrona de Málaga y su diócesis.

Pese a tantos títulos y advocaciones, María sólo hay una. Como madre no hay más que una. Pero todos tenemos alguna foto que conservamos con un cariño más especial porque pensamos que en ella nuestra madre sale mejor. Para mí, esa foto especial de María se llama Virgen de la Peña. Y me ha acompañado siempre. Su imagen va conmigo allá adonde quiera que yo vaya. Su foto fue lo primero que entró en mi casa y vela mis sueños desde la mesita de noche. Ella ha estado conmigo en momentos buenos y en otros que no lo eran tanto. Cuando el peligro acecha, cuando hay algún éxito que celebrar, cuando la enfermedad se presenta, cuando la duda atenaza… y en otras tantas situaciones que se quedan entre Ella y yo: la Virgen de la Peña siempre ha estado ahí.

Por eso, cuando llegó el momento de ponerme escribir, eché la vista atrás y volví a recrearme en esa magna procesión que recorrió las calles de nuestro pueblo aquel histórico 2 de junio de 1986, cuando celebramos el IV centenario de la aparición de su bendita imagen en estos mismos jardines; o en esa otra, más humilde pero no menos cargada de sentimientos, hace cuatro años, cuando devolvimos su imagen recién restaurada a la ermita tras el cobarde ataque que sufrió a manos de unos desalmados.

1

Entre tantos recuerdos hay uno que está especialmente vivo en mi memoria. Tanto que si cierro los ojos puedo ver de nuevo a ese niño que un día fui. Era entonces poco mayor que mi hijo Juan y estaba aquí mismo, en el primer banco de la emita, cogido de la mano de mi abuena Antonia, que se afanaba en enseñarme la Salve repitiendo una y otra vez las primeras estrofas: Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia. Bien sabía ella que María es, verdaderamente, una de las grandes puertas de entrada en la misericordia divina.

Sé que no es casualidad que Ella misma me inspirara este recuerdo a la hora de iniciar este pregón. María ha sido siempre la madre de la misericordia. Salve Regina, Mater Misericordiae, lleva siglos cantando el pueblo cristiano. Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia, volveremos a saludarla dentro de unos días cuando entre en la Parroquia entre los aplausos y los vivas de los mijeños.

Precisamente, Su Santidad el papa Francisco ha tenido a bien convocar al mundo entero a un jubileo extraordinario, un año santo, para que volvamos nuestra mirada a la misericordia divina. Y nadie nos muestra mejor esa misericordia que María. Como cantamos en el bellísimo himno de la Virgen de la Peña, al Compás de Mijas, como ansiada meta, devotos acuden de la tierra entera, por ver a la Virgen, por ver a su Hijo, que Ella en sus brazos con amor nos muestra. Nadie como Ella nos puede mostrar la misericordia, porque Ella la llevó dentro. Ella es su madre.

Mi alma que está angustiada

de ansia de amor y verdad,

acude a ti fiel María

para a Jesús con piedad

ver en la noche estrellada.

Que la luz de tal aurora

es por demás tan brillante

como el sol a mediodía,

para mirarla radiante

si no vienes tú, Señora.

 (Rafael Marañón)

Como indica la propia etimología de la palabra, misericordia es tener el corazón conmovido por la misera de los otros y, como explicaba el papa San Juan Pablo II en la encíclica ‘Dives in misericordia’, este amor misericordioso se manifiesta ante todo en contacto con el mal moral y físico. La misericordia es, por tanto, la compasión ante cualquier sufrimiento, cualquier desgracia; también ante el pecado y las circunstancias que acarrea.

Por eso, María sabe más que nadie de misericordia. ¿No es Ella madre? ¿Y no son precisamente las madres las que tienen con sus hijos una mayor compasión? Todos sabemos que las madres, naturalmente, tienen una ternura, una compasión espontánea, para aquellos que sufren. El ser humano, para acoger a una mujer como madre tiene que aceptar su ternura maternal, el amor misericordioso. Como lo subraya el Papa, el amor misericordioso de María “se funda sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de una madre”.

En el Evangelio de San Lucas hay un ejemplo clarísimo de cómo entiende María la misericordia. Ella, embarazada como estaba, no duda en recorrer un montón de kilómetros para visitar a su prima, embarazada también, aunque con mucha más edad y achaques, para ayudarle y compartir con ella las dificultades. Y cuando Santa Isabel se pregunta que quién es ella para que la visite la Madre del Señor, María proclama esa bellísima oración, el Magníficat, que podríamos decir que es como el legado de la Virgen, el mensaje que María nos deja a todos sus hijos y en el que proclama la misericordia de Dios para con Ella y toda la humanidad:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Efectivamente, la misericordia de Dios llega a todos los hombres, de todas las épocas, de todos los países. De generación en generación. Y es María la puerta singular de esa misericordia. Porque nadie como Ella ha acogido ese misterio en su corazón. Nadie como la madre del Crucificado ha experimentado el misterio de la Cruz, en la que se encontraron con una trascendencia nunca jamás vista la justicia y la misericordia.

Por eso, aunque crean algunos que eso son cosas de antiguos o de beatos, oraciones desfasadas y sin sentido, cuando llamamos a María madre de misericordia lo estamos haciendo con un profundo significado teológico, que expresa la preparación particular que tuvo el alma de la Virgen, sabiendo ver a través de toda la humanidad aquella misericordia de la que “por todas las generaciones” nos hacemos partícipes según el eterno designio de la Santísima Trinidad. Los mijeños conocemos bien la enorme misericordia que Dios lleva derramando sobre nuestro pueblo a través de la Virgen de la Peña “de generación en generación”. Su fama de milagrosa viene de antiguo y ha traspasado nuestras fronteras.

2

“De lejos, de muy lejos, viene la señora Francisca, a pie, sosteniendo el cuerpo débil de su nieto, el pequeño Enrique, paralítico desde hace años. El pequeño Enrique que ha perdido a su padre, enfermo y mutilado de la reciente guerra entre España y el Rey Sol, abraza el cuello de la anciana con sus manecitas blancas en las que se transparentan las venas de un azul celeste. Allá, en la aldea perdida entre los pliegues de los montes resecos, queda la buena madre, al cuidado de sus hermanitas a las que recuerda con dulce nostalgia. Gruesas gotas de sudor resbalan por el rostro cetrino y, bajo el brazo, las muletas del enfermo. Las manecitas de Enrique le agrietan la garganta y le producen tal fatiga, que sus ojos estriados de sangre se velan como tras una nube; pero ella anda y anda sin cesar, confiada en que la Virgen de la Peña ha de restaurar la salud del nieto que será sostén de la familia (…)”.

Al fin, tras una noche plagada de penalidades, llegaron al Compás, amplia alameda rectangular a la que da sombra ramas de álamos gigantes. Al frente está la gruta donde la hornacina excavada en la piedra cobija a la efigie milagrosa refulgente de luz. La multitud se apretuja por entrar en la capilla cuya cancela de hierro está a punto de caer por la fuerza del aluvión humano. ¿Y todos estos se curarán, abuelita? ¡Sí, todos, todos! -contestó con profunda certidumbre la abuela Francisca. Acaso ahora, dentro de un año, o dentro de diez. Pero el que crea se curará.

Cuando llegó su turno, la señora Francisca dijo al hermano Diego de Jesús María y San Pablo, el que con sus propias manos había excavado esta ermita: Por favor, un ruego quiero haceros: que mi pobre nieto pueda besar las plantas de esta milagrosa imagen, que se me ha aparecido en sueños revelándome que sanaría si peregrinaba a este santuario, besando sus plantas y pidiendo al Señor por su mediación la salud perdida. La tradición cuenta que en el momento en el que el niño posó sus labios exangües en las plantas de la imagen se sintió completamente curado y brincando recorrió por sí solo varias veces el recinto de esta capilla. Momentos después, la abuela Francisca, con lágrimas de emoción, prendía sobre la escultura prodigiosa dos piernas de plata en reconocimiento del milagro realizado.

Este milagro, que ha llegado a nosotros gracias al escritor Diego Vázquez Otero, sucedió el 8 de septiembre de 1683, sólo un año después de que Nuestra Señora de la Peña fuera proclamada patrona de Mijas en la plaza de los Álamos, en la plaza de la Constitución, en esa plaza de Abajo que es corazón e historia de nuestro pueblo. Y que espero -creo que se me entiende a la perfección- lo siga siendo muchos años. Lo digo más claro: que no sea destruida la plaza de Abajo.

Puede que el milagro de la señora Francisca y su nieto Enrique sea uno de los más espectaculares de la Virgen de la Peña. Pero no es el único. ¡Ni mucho menos! La Virgen de la Peña, como la roca que tocó Moisés en mitad del desierto, es todo un manantial de misericordia que brota en el Compás y se desparrama como un caudaloso río por nuestras calles y nuestras cuestas, desde Osunillas a Calahonda, desde Las Lagunas a La Cala, de Valtocado a Entrerríos. ¿O alguien duda de que fue la mano de la Virgen de la Peña la que evitó que nuestro pueblo viviera una tragedia mayor cuando se abrió la raja en aquel lejano año de la riá? ¿O no fue la Virgen de la Peña la que impidió que el incendio que asoló nuestro pueblo hace ya quince años se llevara por delante ninguna persona? Y eso por no entrar en las historias particulares de cada uno de nosotros. ¡Cuanto consuelo ha derramado la Virgen de la Peña en este pueblo! ¡Cuantas cruces ha ayudado a llevar! ¡Cuanta fuerza ha transmitido! ¡Cuantas conversiones! ¡Cuanto bien ha hecho la Virgen de la Peña! Ante tanta gloria, sólo me sale decir, como mi abuela: ¡Ay, Madre mía de la Peña!

Pero no podemos quedarnos en la mera contemplación. La misericordia nos tiene que llevar a la acción. ¿Cuánto tenemos que imitar a nuestra madre? Definitivamente, mucho. María, madre de misericordia, es una mujer de acción y, por ello, todos los cristianos tenemos que mostrarnos también como hombres y mujeres de acción. El espíritu servicial de nuestra Madre y su inigualable ternura le permitieron sentir en carne propia la desesperación de los anfitriones cuando el vino se terminó en aquella boda de Caná de Galilea. Que María, madre de misericordia, nos ponga en el corazón la certeza de que somos amados por Dios, de que todo tiene sentido cuando aceptamos con un sí definitivo lo que el Señor quiere en nuestra vida.

7

¡Porque todos valemos, todos somos importantes para Dios! Nos nos quepa la menor duda. Pero tenemos que ponernos en marcha. Personas de acción fueron Juan y Asunción, los dos pobres niños elegidos por la Virgen de la Peña para que encontraran su imagen. Ellos fueron capaces de superar el miedo que tenían y venir cada tarde al Compás para encontrarse con la Señora, que les acabaría confesando que estaban ante la Madre de Dios. Acción demostró tener Pedro Bernal, el padre de los niños, cuando se encaramó a la roca para sacar la imagen. Él, que había prohibido a sus hijos que vinieran a los campos que por entonces había en este lugar, acabaría exclamando a voz en grito “Jesús, aquí está” cuando se encontró frente por frente con la Virgen.

Hombre de acción admirable fue también aquel pobre ermitaño, Diego de Jesús, elegido por la Virgen para que excavara durante más de veinte años la roca en la que quería ser venerada. Y hasta los que en un principio se reían del fraile acabaron por mostrarle su respeto y admiración. Ejemplos de acción fueron, al fin y al cabo, aquellos frailes carmelitas que tanto lucharon por establecer su convento junto a la Virgen de la Peña. Y Cristóbal Berral, que trabajó y peleó intensamente para que la Virgen volviera al Santuario que había tenido que ser abandonado por la desamortización. Y el sacristán Manuel Martín, que, poniendo en peligro su vida, salvó la imagen de nuestra patrona de la destrucción de la Guerra Civil.

A todos ellos quiero hoy darles las gracias. Gracias y mil veces gracias porque por este esfuerzo a lo largo de tantos siglos nuestro pueblo tiene hoy una de las tradiciones más afianzadas de toda la provincia. Gracias a ellos y a cuantos, como dice la letra del himno de la Virgen escrito por D. Amalio Horrillo, han puesto su amor en la Peña. Gracias a los que todavía hoy, en una sociedad secularizada en la que parece que las cosas de Dios están de más, le quitan tiempo al descanso, al sueño, a las propias aficiones, a la familia muchas veces, sin que se vea, sin recibir nada a cambio, para que todo esté preparado y en sólo diez días Nuestra Señora recorra las calles de Mijas de camino hacia la Parroquia.

3

Y es que, llegadas estas fechas, hay algo especial en el ambiente. Siendo muy niño, me gustaba escaparme a la iglesia y me pasaba las horas muertas viendo a Lázaro Jaime subirse a enormes escaleras para cambiar bombillas, para limpiar el retablo o para colgar las guirnaldas de flores. Había que preparar los mantos, las ánforas, los candelabros. El mejor día, sin embargo, era la víspera del Traslado, cuando las mujeres solían vestir a la Virgen. Apartado en una esquina del Santuario, con miedo casi a respirar, seguía atónito ese ritual barroco con el que desde tiempo inmemorial se viste a la Virgen de la Peña. Las enaguas, el manto, los broches. Alguna vez, con suerte, Dolores Quero y Dolores Cuevas me hacían un leve gesto con las manos para que me acercara. Y yo lo hacía presuroso. Entonces ellas cogían el Niño que la Virgen lleva en sus manos y lo depositaban en las mías para que lo cuidara mientras terminaban de acicalar a la patrona. ¡Qué emoción! ¡Qué responsabilidad! ¡Cuántas cosas le he dicho en silencio a ese Niño!

Finalmente, la corona. Con qué unción la colocaban sobre las sienes de María Santísima. No creo que supieran mucho de coronaciones canónicas. Para ellas, la Virgen de la Peña era ya la Reina de Mijas. Y eso bastaba. Pero no pierdo yo la esperanza de ver un día al obispo de la diócesis colocando la presea sobre la cabeza de nuestra patrona. Para decirle a todo el mundo que nuestra mirada, nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor están puestos en la Virgen de la Peña.

4

Decimos, y decimos bien, que la Virgen de la Peña es la patrona de Mijas, su reina, su alcaldesa perpetua. Pero todos estos títulos serían vana palabrería si no los hacemos efectivos, si no transmitimos su misericordia y su amor de madre a todos. Porque todos, no lo olvidemos, creyentes y practicantes, pero también aquellos que la han relegado al olvido o incluso aquellos que no han tenido la suerte de conocerla, somos hijos de la Virgen de la Peña. Todos, absolutamente todos, estamos llamados a compartir su fiesta, el día grande de Mijas, el día de la Virgen. Todos, ya digo, alrededor de Jesús y de su Madre. ¿Hay algo más parecido al cielo?

Ojalá llegaran mis palabras a todos aquellos que les habría gustado estar aquí está tarde y que, por enfermedad, por trabajo, por los motivos que sean, no han podido hacerlo. Ojalá pudiera dirigirme a todos aquellos para los que la Virgen de la Peña no es más que un romántico pretexto para celebrar unos días de fiesta. Y me gustaría dirigirme también a los que no la admiten como Madre de Dios. Y a los que no creen en el Niño que Ella nos muestra. Y… a todos. Porque hoy, como siempre, estamos todos obligados a llevar la misericordia divina a todos los rincones de la Tierra. Y, muy especialmente, a todos los rincones de Mijas.

Salve, Reina de Misericordia, Virgen de la Peña, Señora del Mundo, Reina del Cielo, Patrona de Mijas, Torre de Marfil, Virgen de las vírgenes, Sancta sanctorum, luz de los ciegos, gloria de los justos, perdón de los pecadores, reparación de los desesperados, fortaleza de los lánguidos, salud del orbe, espejo de toda pureza. Haga tu piedad que el mundo conozca y experimente aquella gracia que Tú hallaste en el Señor, obteniendo con tus santos ruegos perdón para los pecadores, medicina para los enfermos, fortaleza para los pusilánimes, consuelo para los afligidos, auxilio para los que peligran.

Por ti tengamos acceso fácil a tu Hijo, oh bendita y llena de gracia, madre de la vida y de nuestra salud, para que por ti nos reciba el que por ti se nos dio. Excuse ante tus ojos tu pureza las culpas de nuestra naturaleza corrompida: obténganos tu humildad tan grata a Dios el perdón de nuestra vanidad. Encubra tu inagotable caridad la muchedumbre de nuestros pecados: y tu gloriosa fecundidad nos conceda abundancia de merecimientos.

Oh Señora nuestra, Mediadora nuestra, Abogada nuestra: reconcílianos con tu Hijo, recomiéndanos a tu Hijo, preséntanos a tu Hijo. Haz, oh Bienaventurada, por la gracia que hallaste ante el Señor, por las prerrogativas que mereciste y por la misericordia que engendraste, que Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro, bendito por siempre y sobre todas las cosas, así como por tu medio se dignó hacerse participante de nuestra debilidad y miserias, así nos haga participantes también por tu intercesión de su gloria y felicidad.

Felicidad de la que, llegando los albores del mes de septiembre, Mijas vive cada año un gozoso adelanto. Porque eso es lo que yo os pregono aquí esta tarde: que anunciéis a todos que estamos en fiestas, que se acercan los días grandes de nuestro pueblo, días en los que si nos encontráramos a Lutero o a Calvino, acabaríamos diciéndoles: ¿No queríais caldo? Pues aquí van tres tazas.

Hoy nace una clara estrella,

tan divina y celestial,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo sol nace de ella.

De Ana y de Joaquín, oriente

de aquella estrella divina,

sale luz clara y digna

de ser pura eternamente;

el alba más clara y bella

no le puede ser igual,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella.

No le iguala lumbre alguna

de cuantas bordan el cielo,

porque es el humilde suelo

de sus pies la blanca luna:

nace en el suelo tan bella

y con luz tan celestial,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella.

(Lope de Vega)

Qué gran gozo y qué incomparable alegría debe tener todo el mundo el día de vuestro sagrado nacimiento, ¡oh, Niña benditísima!, pues con la luz que Vos, como alba divina, le trajistéis, se bañó de nueva claridad y comenzó a respirar. A toda la Santísima Trinidad alegrasteis con vuestro nacimiento. Los santos patriarcas vieron en este día cumplidos sus deseos; los profetas, acabadas aquellas sombras y figuras debajo de las cuales tantas veces os dibujaron y pintaron; los ángeles, su Reina y Señora, y los hombres de honra, ornamento y gloria de todo el linaje humano; y finalmente, todos, justos y pecadores, tenemos en este día causa de particular regocijo, por haber salido a luz la que había de darnos al que es luz y vida del mundo.

5

Vos, Virgen de la Peña, Niña gloriosa, nacisteis la más linda, la más bella y hermosa y más adornada de gracias que ninguna pura criatura. Dios os salve, Virgen sacratísima, tálamo del Esposo celestial, templo de la sapiencia increada, sagrario del Espíritu Santo, huerto de delicias, paraíso de deleites, vena de aguas vivas, y depositaria de todas las gracias y dones de Dios. Desde este punto y desde esta hora en que salisteis al mundo para bien del mundo, este pueblo vuestro de Mijas os reconoce y toma por Señora, y os da el parabién y vasallaje como a Reina soberana del cielo y de la tierra.

Que nada ni nadie os impida disfrutar de nuestras fiestas. Porque son estos días un resumen perfecto de nuestra fe. Venid y vamos todos con flores a María, dice la canción popular. Claro que sí, señores. Se acercan días de ofrenda floral, de preparativos de feria, de santo rosario, días de novena, de ilusiones, de exposición del Santísimo, días de baile y cante, de presentar nuestros hijos a la Virgen, de misa solemne y de comer con los amigos. Que todo sean festejos. Que resuenen las campanas, que retumben los tambores y cornetas de las bandas, que truenen los fuegos artificiales. Que la fiesta se viva en la calle y en el templo. Y siempre con la mirada puesta en la Virgen de la Peña.

He dicho.

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